Matrescencia: La realidad detrás del proceso de maternidad
A menudo, escuchamos a madres recientes con la misma duda: "¿Es normal sentirme tan desubicada?". La respuesta es un rotundo sí. Este proceso tiene nombre, es objeto de estudio científico y es, probablemente, una de las etapas de mayor transformación vital: la matrescencia.

¿Qué es la matrescencia?
Acuñado por la antropóloga Dana Raphael, el concepto de matrescencia describe el proceso de transición hacia la maternidad no solo como un evento biológico, sino como un periodo de reconfiguración profunda. Al igual que ocurre en la adolescencia, el cerebro materno experimenta una plasticidad cerebral extrema. Investigaciones recientes han confirmado, mediante resonancia magnética, cambios anatómicos reales en áreas cerebrales dedicadas a la cognición social y a la gestión del "yo", lo que explica por qué la maternidad impacta tan profundamente en cómo nos percibimos y cómo nos relacionamos con el entorno.
Entre la pérdida y la ganancia
Al analizar las experiencias compartidas en nuestro sondeo, observamos un patrón común: la matrescencia es un juego de luces y sombras. Existe una clara sensación de pérdida —del tiempo a solas, de la autonomía, de la espontaneidad en pareja o de las antiguas rutinas— que genera sentimientos de duelo legítimos.
Es fundamental hablar de esto sin filtros. Muchas madres experimentan un profundo conflicto interno al sentir que "echan de menos" quiénes eran antes, y es precisamente ese sentimiento el que suelen ocultar por miedo a ser juzgadas o por la culpa de pensar que, al quejarse de la pérdida de su libertad, están cuestionando su amor hacia sus hijos. Sentir tristeza por la pérdida de tu identidad previa no significa, en absoluto, no amar a tus hijos.
Este es el llamado "tabú de la maternidad": la idea errónea de que una madre debe estar siempre en estado de plenitud y renuncia absoluta. Sin embargo, la psicología perinatal nos enseña que es perfectamente sano (y necesario) transitar este duelo. Reconocer que echas de menos dormir del tirón, tu independencia laboral o tu vida social no te hace peor madre; te hace una persona honesta que está intentando reconciliar dos identidades que, por un tiempo, parecen no encajar. Validar estas emociones es el primer paso para dejar de luchar contra ti misma y empezar a integrar tu nueva realidad con menos culpa y más autocompasión
La carga de la responsabilidad: incertidumbre, miedo e inseguridad
Además de este proceso de duelo, es habitual que aparezca una sombra persistente: el miedo a "no estar haciéndolo bien". Esta inseguridad es comprensible cuando tomamos consciencia de que la salud, el bienestar emocional y el futuro de otra persona dependen, en gran medida, de nuestras decisiones diarias. Es un grado de responsabilidad sin precedentes que suele generar niveles de incertidumbre elevados.
En consulta, escuchamos a menudo preguntas como: "¿Seré capaz de educar bien?", "¿Sabré entender lo que necesita?", "¿Le estaré dando las herramientas para gestionar sus emociones?" Este miedo no es señal de falta de eficacia, sino la manifestación de lo mucho que importa la tarea de cuidar. La maternidad nos coloca en una posición de vulnerabilidad donde la prueba y error es la única vía de aprendizaje y esa falta de manual de instrucciones genera una ansiedad que a menudo se silencia.
Es fundamental comprender que esta inseguridad es parte del proceso de matrescencia. La exigencia de perfección, impulsada por la presión social y la necesidad de control ante la incertidumbre, es una fuente de agotamiento añadido. Es importante recordar que nadie nace sabiendo y que el vínculo no se construye desde la ejecución perfecta, sino desde la presencia constante y la capacidad de reparación cuando nos equivocamos. Aceptar que existe un margen de error y que ese error no define la competencia como madre, es esencial para reducir esa ansiedad y encontrar calma en medio de la intensidad.
La culpa no es un indicador de que lo estés haciendo mal, sino el síntoma de una transición que la sociedad aún no sabe cómo sostener.
Por otra parte, queremos aprovechar este post para enfatizar que este malestar es parte de un proceso adaptativo, no una incapacidad personal. La ciencia actual nos invita a dejar de patologizar este cambio y a verlo como una etapa de transición necesaria.
- Rutinas y descanso: Un desafío compartido en el que la adaptación es lenta pero posible.
- Identidad personal: Una reconfiguración necesaria que requiere autocompasión y tiempo.
- Dinámicas de pareja y amistades: Espacios que se transforman y que también necesitan ser cuidados.
Y recuerda:
La perfección no es el objetivo. Aunque sientas miedo, aunque tengas dudas, lo estás haciendo bien. Tu presencia y tu deseo de cuidar son, por sí mismos, el mayor motor de desarrollo para tus hijxs.
Mónica Blasco.