Rompiendo mitos sobre los antidepresivos: cómo pueden apoyar tu terapia

Importante aclaración previa: Esta información se basa en mi experiencia clínica como psicóloga trabajando con mis pacientes en el día a día, observando cómo los antidepresivos pueden complementar la terapia cuando son prescritos por un médico. No pretendo hacer intrusismo en el ámbito médico —la prescripción y el seguimiento farmacológico siempre corresponden a médicos de familia o psiquiatras—, sino ofrecer una perspectiva psicoeducativa para ayudar a entender su rol y reducir miedos infundados.
Los antidepresivos pueden ser aliados importantes en el proceso terapéutico, pero están rodeados de muchos mitos que generan miedo y culpa. En este post quiero explicar, de forma clara, qué papel tienen y cómo entender su uso de manera responsable, siempre de la mano de un profesional médico.
1. No hace falta "estar muy mal" para valorar medicación
Muchas personas piensan que los antidepresivos solo se recetan cuando alguien está "fatal", pero la indicación se basa en la intensidad de los síntomas y en cómo afectan a la vida diaria y al proceso terapéutico. Cuando la carga emocional es tan alta que bloquea la capacidad de pensar, tomar decisiones o aplicar las herramientas de la terapia, la medicación puede ayudar a que esa intensidad baje y la persona pueda aprovechar mejor el trabajo psicológico.
Se puede vivir sin medicación, sí, pero a veces es como pedir que te saquen una muela sin anestesia "porque tú puedes aguantar". La cuestión no es aguantar por orgullo, sino valorar qué combinación de recursos (terapia, hábitos, apoyo social y, si el médico lo considera, medicación) te permite recuperarte de forma más eficaz.
2. Que un antidepresivo no te funcione no significa que todos sean "malos"
Es frecuente que haya miedo a los antidepresivos por experiencias propias o ajenas: "me sentó fatal", "me dejó como un zombi", etc. La realidad es que la respuesta a un antidepresivo depende del tipo de fármaco, de la dosis y de las características del cerebro de cada persona. Un medicamento muy conocido puede no sentarte bien y eso no significa que ese fármaco sea "malo" en general, sino que tu organismo necesita otra opción o un ajuste diferente.
Es parecido a lo que ocurre con la terapia psicológica: si probaste con un profesional y no encajaste, no significa que "la psicología no funcione", sino que aún no has encontrado la persona adecuada. Con la medicación pasa algo similar: a veces hay que ajustar dosis o cambiar de antidepresivo hasta dar con el que encaje mejor contigo, siempre supervisado por tu médico.
3. Las primeras semanas no reflejan el resultado final
Los antidepresivos no actúan de un día para otro. En la mayoría de casos, el efecto empieza a notarse entre las 2 y 4 semanas, y el beneficio completo puede tardar incluso algo más. Durante ese tiempo, el cerebro se está adaptando a un nuevo equilibrio de neurotransmisores, y eso puede generar cierta inestabilidad al principio.
En esas primeras semanas, es posible que no notes mejoría e incluso que aparezcan efectos secundarios como molestias digestivas, algo más de angustia o sensación de embotamiento. Eso no implica automáticamente que el fármaco vaya mal, pero sí es importante informar al médico si los efectos son muy intensos o preocupantes, para valorar si se ajusta la dosis, se da más tiempo o se cambia de medicación.
4. Son tratamientos de continuidad, no de uso puntual
Los antidepresivos suelen pautarse como tratamientos de continuidad, no como algo "a ratos". Lo habitual, en un primer episodio, es mantenerlos al menos unos 6 meses tras la mejoría, pudiendo prolongarse más tiempo si hay antecedentes de recaídas. Esto se decide de forma individualizada entre la persona y su médico.
Tomarlos de forma irregular (un día sí, varios no) o dejarlos de golpe puede generar problemas: pérdida de eficacia, reaparición de síntomas y, en algunos casos, síndrome de discontinuación, con mareos, malestar y síntomas físicos y emocionales desagradables. Por eso es fundamental seguir las indicaciones médicas tanto al mantener el tratamiento como al retirarlo, haciendo una reducción gradual cuando toque.
5. También se utilizan para la ansiedad, no solo para la depresión
Aunque los llamemos "antidepresivos", muchos de estos fármacos se utilizan también como tratamiento de base en distintos trastornos de ansiedad, como el trastorno de pánico, la ansiedad generalizada o el TOC. En muchos casos se priorizan frente a las benzodiacepinas porque actúan a largo plazo y tienen menor riesgo de dependencia.
No es necesario tener un diagnóstico de "depresión" para que puedan ser útiles, pero sí es imprescindible que exista una valoración médica que determine si están indicados para los síntomas que presentas. No se medica una "etiqueta" por sí sola, sino un conjunto de síntomas que están generando un malestar y una limitación importantes en tu vida.
6. Romper mitos para poder decidir sin miedo ni culpa
Los antidepresivos no están para sustituir la terapia psicológica ni para borrar los problemas, sino para facilitar que tu cerebro tenga un punto de equilibrio desde el que puedas trabajar mejor en terapia y en tu vida diaria. Tomarlos no te hace débil ni menos capaz; es una herramienta más que, bien indicada y bien explicada, puede marcar una diferencia importante en el proceso de recuperación.
Por desgracia, muchas personas reciben poco tiempo de explicación sobre cómo funcionan, cuánto tardan en hacer efecto, cuánto tiempo deben tomarse o qué efectos secundarios pueden aparecer. Por eso es tan importante hacer un trabajo educativo previo: que puedas tomar decisiones informadas, preguntarle a tu médico con confianza y, si finalmente los usas, hacerlo desde la comprensión y no desde el miedo.
Mónica Blasco.